Daniel Journal

Elogio de la calvicie

Alguien calvo dijo hace poco que su alopecia era una enfermedad, y en esas andaba cavilando cuando me negué a pensarme como un enfermo. Para qué nos vamos a engañar, la proyección de una frente despejada es una tesitura desagradable e inquietante, aunque no tanto como esperar el resultado de una punción. Nadie quiere pasar por ese mal trago, pero la suerte toca, a veces en forma de desazón. Hay momentos que llegan como un tortazo: un médico te dice que tienes cáncer mientras la enfermera te sirve un zumo de melocotón que no vas a poder tragar; otros, te van socavando de a poco, dejando un ruido sordo, latente, hormigueante. Aunque no es lo mismo que te ponga al día de tu alopecia tu madre que la muchacha a la que le tienes ganas. Dejará tu corazón más baldío que tu testa. La hijaputa, tan graciosa como un cáncer de pulmón.

Cuando pienso en calvicie me acuerdo de aquella moderna valenciana con la que me enrollé durante unos instantes en una fiesta universitaria. Era una silueta precoz, alta, desgarbada, con un montón de tirabuzones brillantes y una nariz encorsetada, como si un dedo la estuviera pretando hacia arriba desde la punta. A mí me daba coraje aunque no la conociera, la aborrecía, pues su presencia se expandía por todas partes, focalizando mi atención. No recuerdo bien cómo nos conocimos, quién nos presentó, solo imágenes de algunas fiestas en pisos de extraños. Ella apegándose a mí poco a poco, buscándome, hablándome; yo receloso, desorientado, expectante. Para un chico que apenas contaba con bagaje sexual, que aquella muchacha lo rondara era fascinante y embriagador. Estaba desconcertado ante su interés: palpitaba de incertidumbre con cada sonrisa, con cada mirada, con cada palabra que me interpelara. Algo cambió en su actitud momentos después de que nos besáramos. De repente empezó a mostrarse esquiva, huidiza. La energía con la que antes me rondaba se posó plomiza sobre mis vísceras, desbordándome de angustia y ansiedad. Una noche, en la puerta de una discoteca, la chica de la nariz encorsetada y los tirabuzones brillantes decidió exponer a grito pelao a todo el que quisiera escuchar que me iba a quedar calvo. Acertaba al equivocarse: yo ya lo había sido, de otra forma distinta, pero calvo a fin de cuentas. No me acuerdo del todo cómo encajé el envite, si me dolió más la exposición pública a mi segunda y definitiva alopecia o la asunción de que aquel beso no iba a repetirse más.

Si en algo se parecen la calvicie y el cáncer no es tanto por el (d)efecto capilar que provocan sino porque ambos comparten rasgos liminales: no estar ni en un sitio ni en otro. La enfermedad, la adolescencia, el duermevela o la locura transitoria son estados liminales, como también lo son los viajes.1 La enfermedad es la frontera entre la vida que tenías hasta el diagnóstico y la que tendrás o dejarás de tener. Y en consecuencia, la calvicie, o mejor dicho, la precalvicie, es ese estado en el que el peluquero se las ve y se las desea para hacerte un mullet porque aún no quieres que saque la navaja y corte por lo sano. En algún momento entre el degradado lateral y el rasurado total, es inevitable preguntarse por la suerte que correrá uno, si habrá flujo vaginal en el menú de los domingos o si por contra se verá abocado al yermo del amor, allá donde la soledad es más pegajosa y desde la que el sexo gravita alrededor, inalcanzable, como un cielo estrellado. Ni vivo ni muerto. Ni tanto ni tan calvo.

Raparse frente al espejo es un acto peliculero, de forajido que huye de la justicia, pero en vez de la promesa de la libertad y un titular en los periódicos, te deja cara de monguer e inapetencia frente a las cámaras. Es chocante ver cómo se acentúan los rasgos, cómo se estira la cara y se hunden las sienes, cómo se dibuja un rostro equivocadamente agresivo, apareciendo relieves desconocidos, oquedades y protuberancias como si de rebollones asomando de debajo de la hojarasca se tratara. Las orejas, hasta entonces acurrucadas en su lecho velloso, resaltan como barcas varadas en la arena. De pronto los ojos se hacen muy grandes y parecen mal colocados; la barbilla no termina de caer en su sitio, tal y como sí hacía antes. Abres la boca, sonríes e inflas los mofletes, miras de medio lado, frunces el ceño, pones cara de malo... ¿quién es este señor? Todo ese pelo que antes presidía una imagen, una identidad, yace ahora en el sumidero. No es solo cabello lo que ha caído, pues no reconoces a la persona que el espejo te devuelve. Has de aprender a mirarte otra vez, igual que una persona cuyo habla se ve afectada debe aprender a vocalizar de nuevo.

De todas las cosas que he visto y sentido por mi condición de calvo, una de las que más me llama la atención es la creencia popular que da por hecho que los calvos, por el hecho de serlo, lo llevamos mal sí o sí, porque, ¿cómo iba a llevarse bien algo así? Para ser sincero, no es algo que se lleve siempre bien o siempre mal, sino que simplemente se lleva. Me explico: echando la vista atrás recuerdo épocas donde apenas me molestaba y otras en las que me molestaba bastante más, donde quizá le otorgué al pelo una importancia capital; pero también hay momentos (la mayoría) en los que no recuerdo haberle prestado atención. Imagino que viene a ser como la relación de una persona pequeña con su estatura, un narigudo con su napia o una mujer plana con sus pechos. No se puede estar en desasosiego permanente, al final se aprende a pasar página. Lo contrario es acercarse peligrosamente a la locura. Lo que nunca admitiré en mi condición de calvo, aunque solo sea por la cuenta que me trae, es la enfermedad.

  1. Colaboradores de Wikipedia. Liminalidad [en línea]. Wikipedia, La enciclopedia libre, 2025 [fecha de consulta: 3 de julio del 2025]. Disponible en https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Liminalidad&oldid=168270404.

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