Fago no es New York
Cuando veo los usos y costumbres que la gente ha adquirido con sus móviles y portátiles me entra la risa floja ante tal miríada de diversidad: el minuto que tarda tu madre en escribir media frase, la chavala que acerca el teléfono de canto a su oído radiando el audio a toda la sala, señores que desconocen los bloqueadores de publicidad y contornean el puntero como si navegaran dentro de un queso gruyer... Desenvolverse en internet como buenamente se puede no siempre equivale a tomar el camino más fácil, pero sí el más original. Mi padre suele confundir la dirección del scroll vertical, hasta el punto de enfadarse conmigo por mover la pantalla al revés de lo que espera: ¿hacia abajo o hacia arriba? ¿Se desplaza el texto o el fondo? Como es arriba es abajo.
Solía chatear periódicamente con un colega hasta hace no mucho. Fue un amigo en la universidad y esa amistad se mantuvo durante años después. Chateábamos porque la distancia nos obligaba a ello. A partir del Covid, ya no chateábamos: confrontábamos, enérgicamente, con una intensidad que me inundaba de rabia y me dejaba rumiando durante días. Cómo mi amigo pasó de ser una persona educada y respetuosa a un radical adscrito a conspiraciones terraplanistas fue algo que no entendí en su momento y que sin duda me obsesionó. Busqué y leí sobre el tema como si estuviera haciendo una tesis doctoral, aunque con la libertad de no tener que tomar notas ni elaborar un discurso organizado. Era como si la mente de mi amigo hubiera sido colonizada por mensajes coercitivos imposibles de demoler: ¿cómo no iban a ser verdad si decían exactamente lo que él quería escuchar? Quizá al principio me centré demasiado en saber qué había pasado, cómo había llegado ahí. Pero lo que más me jodía era su rechazo frontal a cualquier razonamiento que viniera de mi parte. Un persianazo en toda regla. ¿Por qué, una vez expuesto al flexo de la luz blanca, seguía sin dar su brazo a torcer lo más mínimo?
En los años siguientes al Covid y a que mi amigo oscilara entre la descalificación más abyecta y felicitaciones de Navidad, fui tropezando con más gente de este estilo. Una cosa estaba clara: no les daba vergüenza expresar alegremente sus posiciones extremas. Curiosamente, hablaban acerca de la cultura de la cancelación con la que tenían que bregar... al mismo tiempo que manifestaban abiertamente aquello que les venía en gana sin guardarse ni un ápice. Entonces empecé a priorizar mi equilibrio emocional por encima de debates improductivos. Elegía mis batallas porque conocía el coste energético que implicaban. Me distancié de algún que otro amigo más en esa etapa, no tanto por discusiones acaloradas, sino por retiradas controladas para salvaguardar mi tranquilidad.
En mi cruzada por entender el proceso de radicalización que habían sufrido estas personas, amigos que partían de entornos familiares y económicos similares a los míos, inicialmente afines en lo político o al menos no excesivamente alejados, quedó patente que internet era el punto focal. La magnitud y la gravedad de los comentarios que vertían en la conversación pública hubiera sido impensable solo unos años atrás porque el propio contexto les hubiera penalizado socialmente. Si algo había cambiado era precisamente ese contexto, ahora mucho más transigente, delirante e incivilizado. Cultura de la cancelación la que tengo aquí colgada. Era como si faltara esa presencia adulta que pusiera en evidencia los absurdos berrinches infantiles en los que andábamos enfangados.
Fago no es New York. Era el cartel que lucía el bar de Fago en 2007, un pueblo del Pirineo, cuando uno de sus vecinos bloqueó la carretera con su coche y mató a tiros al alcalde. Las montañas, la nieve, el frío y el aislamiento habían creado en Fago un protointernet posCovid, un territorio alejado de miradas ajenas donde sus treinta habitantes neorrurales se encabronaron invierno tras invierno hasta la paranoia. Al parecer, existían ciertas discrepancias en asuntos que eran una mera trivialidad (dónde y cómo aparcar los coches o la tasa a pagar por montar una terraza en el bar, de ahí el cartel). Cuando la prensa llegó al pueblo ávida de testimonios del suceso, los vecinos se agazapaban en sus casas desconfiados. Podría ser que el asesinato los tuviera compungidos y asustados, o que fueran recelosos de su intimidad, pero algunos periodistas, como Serio del Molino, entendieron poco después que lo que sentían aquellas personas era vergüenza. Vergüenza de que sus miserias, al quedar a la intemperie, no resistieran un análisis civilizado. Sus gilipolleces sin importancia se les habían ido de las manos hasta el punto de matar a una persona.
Algo parecido ocurre en El Señor de las Moscas, donde unos niños (todos chicos), varados en una isla tras un accidente aéreo y liberados de la atención adulta, de la fiscalización externa, adquieren actitudes y comportamientos liberticidas que finalizan atrozmente, como en Fago. Bastantes de las interpretaciones que he leído de este libro se centran en la naturaleza vil del hombre al despojarlo del imperio de la ley. A mí no termina de convencerme esa versión, pues los niños son alumnos del sistema educativo inglés. Bajo mi punto de vista, es la implantación previa de los valores capitalistas y patriarcales lo que acaba por desarrollar la vorágine de los acontecimientos, una vez sienten que no hay mirada externa, que no hay policía disuasoria de sus actos.
Me pregunto si es lo que podría estar sucediendo en internet. La red y nuestra realidad han difuminado sus límites hasta el punto de confundirse. Llevamos los debates de un sitio a otro como si fueran exportables, como si la recepción y asimilación de los argumentos operaran en ambos mundos de la misma forma. Cualquiera que haya estado el tiempo suficiente online sabe que las cosas importantes no se dicen por teléfono. El tono de la voz, la gestualidad, la réplica... todo se pierde en la digitalidad, llegando más pronto que tarde a malinterpretaciones. Por no entrar a hablar de algoritmos diseñados para maximizar el tiempo de atención que estamos en las redes mediante contenido polarizante. Nos sentimos exentos de miradas ajenas, de ese panóptico que condicione nuestro comportamiento, en definitiva de una fiscalización externa que nos conmine a la necesaria introspección. Es como si hubiéramos dejado de creer que nuestros actos tienen consecuencias, como si no entendiéramos que la libertad termina exactamente donde empieza la de los demás. El único límite es que no hay límite. Somos los niños de la isla del señor de las moscas, y ante esa falta de supervisión nos hemos creído con derecho a matar a balazos al alcalde y a todo el que se ponga por medio. Fago no es New York, decía el cartel del bar. Pero hoy, Fago es todas partes.