Daniel Journal

Individuación

Hace un tiempo le dije a una chica con la que todavía no tenía mucha confianza que nunca había ido a una manifestación el 8 de marzo. Lo cierto es que llevaba sin ir a ninguna desde el 15M, pero como le confesé a continuación, a pesar de estar interpelado por el mensaje feminista, me sentía fuera de lugar. Me cuesta estar seguro de la veracidad de aquella respuesta, si solo fue una manera de excusar mis ausencias, de salir del paso. Creo que ella, en ese momento, aún me veía como un tío que la intentaba follar: notaba su hostilidad, su recelo a bajar la guardia, el amurallamiento de decepciones previas que impedían que mi presencia allí fuese el resultado trivial de dos personas conociéndose. Por mi parte, seguía sopesando cuánto de verdad había en eso que llaman feminismo, no tanto por el movimiento en sí mismo y los valores que defiende, con los que estaba de acuerdo, sino con la manera y las formas en la que algo tan vasto y enrevesado estaba apuntalándose. ¿Había que comulgar con todo? ¿Había espacio para la crítica? Especialmente: ¿tenían cabida los hombres? Y si así fuera, ¿me interesaba? El movimiento estaba embarullado por diferentes reflexiones y pensamientos que conformaban un popurrí de asuntos en los que no sabía posicionarme. Me veía superado por debates y argumentos que no entendía, por palabros y definiciones que no estaban anclados en mi bagaje cognitivo. Para ser sincero, las primeras veces que abrí un libro ligeramente académico sobre feminismo (como tienden a ser la mayoría) no comprendí una puta mierda. Abre-fácil mis pelotas, tetrabrick del demonio.

Entonces llevaba unos cuantos meses acudiendo a una psicóloga. Cuando una persona (pongamos un hombre, pongamos que yo) ha estado toda su vida sin hablar de si mismo, cuando se han agotado las vías para expresarse o cuando nunca existieron, la sola idea de enfrentarse a un espacio y un tiempo en el que el objetivo va a ser hablar de él, prefiere que le trague la tierra antes que exponer lo hondo de sus entrañas. No era capaz de comunicarme. Ni con un entorno familiar aparentemente funcional, ni con las más íntimas amistades provenientes de la infancia o de la universidad, ni en viajes de camaradería, ni en noches festivaleras, ni en confesiones etílicas pos-borrachera. Ni en el Camino de Santiago, ni en la montaña, ni en el campo. Tampoco funcionó la espiritualidad, no digamos ya las chapas del yoga o los fantasmas de Iker Jiménez. Ni siquiera la liturgia chamánica de la ayahuasca en un templo en los Andes a la luz de la luna. No era capaz de encontrar consuelo.

Recuerdo los nervios que me agarrotaban más y más conforme iba llegando el momento de mi primera sesión. Era aterrador, como quedarse atrapado en un callejón a oscuras con tus acosadores bloqueando el paso. Quería salir corriendo despavorido. Además, no tenía del todo claro qué era lo que me pasaba. Solo era un hombre que no había hablado de él en su puta vida. Pero, ¿era eso un motivo para buscar ayuda profesional? Mi alumbramiento interior me afligía como el parto de un niño muerto. Tenía miedo de no saber explicarme, de que la psicóloga me rechazara por no considerarme a mí y mi problema un asunto de calado, tenía miedo de ¡llorar! al confesarme. Tal fue la congoja que decidí escribir un texto aclarando mi situación, como una carta de dimisión, porque era eso lo que quería: dimitir de mi propia sesión de terapia. Aquel texto, que en principio iba a enviar por correo a la psicóloga antes de vernos por primera vez, acabó siendo un preludio de lo que iba a pasar durante el tratamiento: escribir. Mucho. Finalmente me convencí de que lo mejor era manifestar mi problemática en vivo y en directo, y me aprendí aquella carta de dimisión como si fuera el guión del papel más importante de mi vida. No sirvió de mucho porque con los nervios no fui capaz de recitarla con sentido, y acabé dando tumbos atropelladamente aunque feliz por no haber dimitido.

Al principio, entre sesión y sesión, la psicóloga me enviaba tareas en un word en las que yo debía contestar determinadas preguntas o realizar un seguimiento de ciertas acciones o pensamientos. Poco a poco fui soltándome y mis deberes empezaron a estar plagados de pequeños fragmentos narrativos donde explicaba mi realidad, adornándome, recreándome. La psicóloga me animaba a hacerlo, parecía que hasta le gustaba leerme. Con los meses y el beneplácito de esta señora, María del Carmen, aquellos documentos, que empecé a llamar doc por su extensión de archivo, perdieron su configuración formalista y se transformaron en puros textos repletos de referencias culturales, historias inverosímiles, personajes histriónicos, jajas y loles. Disfrutaba exagerando los hechos históricos, añadiéndoles florituras y dotándolos de una interesada parcialidad. Me inventaba alegremente teorías sociológicas que justificaran mi cosmovisión, intercalándolas entre relatos de mis vivencias quincenales y más tarde mensuales. Ayudó bastante que María del Carmen me pillara el rollo y cosechara mis palabras escogiendo el grano que verdaderamente tenía sentido machacar, o al menos el que daba tiempo.

En mi proceso terapéutico no hubieron grandes catarsis ni lloraderas desconsoladas. Hubo escucha, hubo confesión, pero también hubieron risas. Es decir, si tuviera que destacar algo, sería que María del Carmen me dio el espacio necesario y justo para que yo pudiera expresarme, equivocarme, decir ese tipo de burradas que no contarías a nadie porque vete a saber tú qué dirían. Había transitado por la vida pisando huevos, intentando no ofender a nadie y evitando la fricción, pero a la vez ahogando en condescendencia mi propia voz. Fue así como entre historia e historia, pude extirpar y poner al microscopio aquello que quería decir, a sabiendas de que lo que guardaba en mí era tremendamente impopular. En este punto, el propio proceso terapéutico y mi ansia lectora me habían dotado de cierta comprensión acerca de las cuestiones de género, todavía sin demasiada profundidad, pero la suficiente como para sentirme más cómodo con su entendimiento. El señalamiento de mis privilegios como hombre heterosexual con el que topaba una vez tras otra me molestaba, no tanto porque la experiencia de ser hombre se estuviera generalizando sin tener en cuenta mis particularidades, sino porque dentro de mí latía un complejo de inferioridad respecto a la mujer, uno gracias al cual vislumbraba patrones y estructuras privilegiadas en el género opuesto que añoraba, como la libre vivencia de la emocionalidad o una supuesta facilidad para acercarse a los afectos y la sexualidad. Por eso empecé a intercalar en mis doc pequeñas pullitas al feminismo, tangenciales, globos sonda, más centradas en realizar una toma de contacto con el estado de la cuestión que en derribar el acorazado, sorprendiéndome al no encontrar resistencia en María del Carmen. Cuando esas quejas subieron de intensidad, la psicóloga comenzó a responderlas con serenidad, ofreciéndome puntos de vista alternativos que la mayor parte de las veces resultaban convincentes. El hecho de que ella no se enfadara, no me cancelara, no me juzgara y me tratara con empatía fue crucial para conformar un nuevo suelo sobre el que sostenerme. De repente tenía una opinión propia, una que podía ser escuchada y confrontada, validada e interpelada, no solo eso, tenía una voz que me pertenecía y todo el derecho a usarla. Por nimio que parezca, esto era nuevo.

De aquel tratamiento, junto con la convivencia humana y la introspección que trajo, emergieron algunas ideas tras tamizar la rumia de pensamientos. No se trataba tanto de abrazar o confrontar el feminismo como si de una guerra de sexos se tratase, ni de encontrar referentes masculinos a los que copiar (que tampoco los había). Por supuesto que respetaba el feminismo de la misma manera que creía en los derechos humanos y a fin de cuentas de eso era de lo que trataba. Hablar, exponer mis entrañas, la terapia, el feminismo o lo que fuera, me estaba posibilitando buscar un espacio en el que experimentar la vida cobrara sentido, allí donde mi personalidad cupiera cómodamente, donde no hiciera falta doblarla y comprimirla y exhortarla a colocarse en una posición que no fuera la suya propia, su forma original. Intentar encajar en identidades rígidas no tenía sentido, pues no existe algo así como una masculinidad primigenia, hegemónica o aspiracional. Los referentes y moldes no servían porque habitar la vida es enfrentarse a la incertidumbre y descubrir por uno mismo qué funciona y qué no, qué hace sentir bien y qué apetece. Y a mí, en tiempos de reel, lo que me apetece es escribir en texto plano.

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